El vacío como posibilidad de creación

Resumen

El fenómeno de la creación implica entender tanto lo que tenemos como lo que nos hace falta. Comprende trabajar sobre lo que hay –lo dado–, y concebir la falta como una oportunidad para empezar de nuevo, para ir rumbo a lo desconocido. El vacío y el duelo frente al objeto creador aparecen como fases necesarias en el camino creador, así como en la identidad, ambos entendidos como procesos dinámicos y de liberación del Yo. El despliegue dialéctico de subjetivación que inaugura todo hecho artístico supone un nuevo inicio en que debemos “olvidar” quiénes somos para poder decir lo distintivo en nosotros mismos, así como un momento de culminación intrínseco al desarrollo creativo que inevitablemente nos lleva a procesos de duelo. En el artículo se distingue la diferencia entre vacío, falta y duelo para reflexionar sobre el deseo, la libertad y la espontaneidad, en relación con una experiencia en un Taller de Arteterapia en el Centro de Estudios Interdisciplinarios para el Aprendizaje y la Comunicación (Buenos Aires, Argentina).

Palabras clave: identidad, creación, vacío, falta, caída.


¿De qué hablamos cuando hablamos de vacío? ¿Qué función constituye en el proceso de identidad reconocerlo? ¿Es posible nombrar, evocar o sustituir la falta a través de una obra de arte? Estas preguntas han atravesado el debate entre enormes pensadores de diversas áreas, y aún permanecen vigentes, ya que conforman uno de los grandes temas universales en torno al hombre, su identidad y su relación con el deseo.

Por otro lado, los pares conceptuales ausencia/presencia, ser/nada, cuerpo/vacío, nombre/silencio representan una tensión especial para el sujeto, ya que, como toda paradoja, ponen en juego la forma de habitar el mundo y el difícil acto de conciencia que significa elegir.

Cómo nos relacionamos con los otros, cuándo ponemos el cuerpo, qué decir, qué callar, qué sentimos cuando alguien nos hace falta, desde qué lugar nos relacionamos con los objetos y con los espacios, son diferentes escenarios que determinan nuestra libertad y que exponen la problemática ante lo que está presente, lo que falta y qué hacemos con ello.

Sin dudas, el arte, por su potencial creativo y lúdico, ocupa una función resignificante porque nos permite imaginar universos desconocidos, proponer reglas diferentes a las habituales y encontrar alternativas divergentes para barajar otra vez. Para que lo diferente emerja es necesario darle lugar al vacío.

El vacío nos incomoda porque implica ir en busca de lo diferente y desconocido pero, afortunadamente, nos obliga a configurar otros patrones de conducta frente a los conflictos. En nuestra sociedad contemporánea, habitar el vacío resulta problemático y sintomático.

La función del arte implica enlazar la transición entre lo presente y lo ausente. El encuentro con un no saber y con un no haber (la hoja en blanco, la improvisación, el silencio, etc.) es catalizador para la transformación personal. Ante este obstáculo (“si no hay, no sé qué hacer”) es ineludible frenar y darle lugar a lo incierto. Tal como concibe Erich Fromm (2009), la incertidumbre nos da miedo porque nos enfrenta con la libertad: es un no saber en donde elegir no responde a un mandato o imposición, sino a una verdadera pregunta. Sin interrogantes, no se produce el vacío y sin él, tampoco aparece la posibilidad de crear.

Un dilema existencial

El vacío nos incomoda porque implica ir en busca de lo diferente y desconocido pero, afortunadamente, nos obliga a configurar otros patrones de conducta frente a los conflictos. En nuestra sociedad contemporánea, habitar el vacío resulta problemático y sintomático. La necesidad de consumo y de llenado nos aleja de una existencia auténtica y libre, en la que no hay demasiado lugar para el ocio –leído como la nada– ni para atravesar momentos sin resultados “productivos”. Nadie nos enseña a convivir con el vacío. Si algo muta, aparece una pérdida que nos ubica ante un dilema existencial: ¿quién soy sin ese objeto? ¿Dónde habito sin el otro? ¿A dónde pertenezco si no sé qué quiero? ¿Qué hago cuando me enfrento con la nada?

Desde el punto de vista del psicoanálisis, es necesario distinguir los conceptos de vacío y de falta. Para los lacanianos, la falta es condicionante para el deseo, y como tal, es inevitable, ya que nos enlaza con el mundo y nos motoriza: ahí donde está la falta, está la potencia y su residual sublimatorio. En cambio, el vacío nos pone en contacto con lo negado e irreparable, y con la angustia de lo que no-es-posible-de-ser-dicho. Podríamos asociar el vacío con la negación, y la falta, con el reconocimiento de lo ausente. Como sostiene Mariela Castrillejo, la experiencia del vacío expresa “una dispersión del sujeto, suscita una angustia que deja sin palabras. La falta, en cambio, es un vacío nombrado, por lo tanto, en conexión con el Otro” (Castrillejo, 2005: párr. 5).

La filosofía existencialista homologa el vacío a la nada, pero como un principio de negación y de vida. Para Sartre, la nada surge de la conciencia. El ser trae consigo la conciencia de la nada, “lo cual significa que el ser es anterior a la nada, y la funda” (Sartre, s.f., p. 25). Ser y nada conviven al unísono. De acuerdo con Sartre, la realidad también es carencia, un hueco imposible de llenar (lo que para Kojève es deseo).

Según los nihilistas, es necesario que no haya nada. Nietszche niega la existencia de todo valor absoluto, habilitando así la relatividad y las alternativas múltiples para que el hombre imponga su voluntad. Su rechazo a todo principio religioso, moral y conceptual otorga al sujeto la libertad para dudar, intuir, empoderarse, y así, entregarse a lo efímero.

Por último, las filosofías budistas entienden el vacío como una vaciedad universal, o en términos de ausencia de mente intelectual. De acuerdo con esta corriente, el ego es un ente que intenta llenar lo incomprensible, necesario de desandar para ingresar al misterio de la vida. Chögyam Trungpa afirma que todos los planes, pensamientos e ideas están vacíos, por lo que no tiene sentido intentar colmarlos. Permanecer en el vacío es un estado de riqueza y un constante aprendizaje de desapego e iluminación espiritual (Colina, 2018).

En definitiva, vemos que las diferentes visiones, más allá de la terminología, dejan entrever que el vacío, la nada y la falta ocupan una función productiva en el arte de la vida.

Llaves para la creación

Hoy, como cualquier otro día, nos despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a leer
Toma un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el suelo.
Rumi

Partimos de la premisa de que la falta habilita un camino para la transformación, virtud necesaria para incursionar en dirección a la cura. La verdadera creatividad permite entrar en una dinámica de constantes reminiscencias, de cierres y aperturas. Como afirma Winnicott, el juego permite al niño o al adulto “crear y usar toda la personalidad” a partir de objetos que no necesariamente sean valiosos en términos de belleza, sino en “el terreno de un vivir creador en general” (Winnicott, 1993, p. 81). Sentirnos incompletos de vez en cuando es un buen augurio para la salud y la creación, ya que “la creación terminada nunca cura la falta subyacente de sentimiento de la persona” (ídem).

Por otro lado, el contacto con lo espontáneo que implica el juego creador nos aleja de los automatismos para construir caminos más cercanos a lo genuino y lo auténtico. Siguiendo a Stephen Nachmanovitch, podemos observar tres momentos en el fenómeno artístico que lo demuestran: la inocencia (o descubrimiento), la experiencia (o caída) y la integración (o rejuvenecimiento). En las tres fases hay pérdidas y recuperaciones ya que crear es una “brecha abierta”, un “camino de retorno”, “el samadhi[1] de la inocencia reorganizada” (Nachmanovitch, 1991, p. 220).

Al respecto, quisiera comentar una experiencia reciente en la materia Arteterapia en el Instituto CEIAC[2] (Buenos Aires, Argentina), donde me topé con un grupo heterogéneo y vital, de alrededor de 15 mujeres de entre 18 y 45 años. Recuerdo que durante la fase diagnóstica observé su tendencia a buscar exclusivamente situaciones de bienestar. La mayoría prefería expresarse por vía plástica, y al finalizar, manifestaban estar satisfechas, lo cual era necesario para producir cierto confort en el setting. Durante las prácticas corporales también advertían cierta necesidad de “evadir” los lugares incómodos para gozar de la danza. El registro de los límites también es otro paso necesario en el camino de autoconocimiento, por lo cual veía un grupo fuerte en sus certezas. En este sentido, los lugares de bienestar conocidos eran una buena señal de autoafirmación pero, asimismo, se volvían únicos y sin preguntas.

Ante las repetidas reacciones propuse un ejercicio de escritura en primera y tercera persona, las invité a realizar un experimento: construir una autobiografía ficcional entre un Yo y un álter ego. El uso de lo verbal generó revuelo. La propuesta del conflicto que exigía el “álter ego” (lo definimos como “todo lo que no soy” o “no-yo”) expuso varias resistencias: aquellas que no estaban a gusto con su producción –o con sus voces–, las que se negaban a leer y a escribir, etc.

Partimos de la premisa de que la falta habilita un camino para la transformación, virtud necesaria para incursionar en dirección a la cura. La verdadera creatividad permite entrar en una dinámica de constantes reminiscencias, de cierres y aperturas.

Decidí entonces reforzar ejercicios de introspección (lugar agradable y conocido, en ellas era “lo dado”) como un estado en donde permanecer sin riesgo, con el fin de incorporar de manera progresiva recursos sensoriales y emocionales. Además, sumé más danza en dúos para trabajar la exteriorización y la imaginación activa. Al finalizar cada clase, les sugería escribir en una hoja de registro personal (a la que yo no accedería) todas las sensaciones, imágenes y huellas del movimiento, para que lo verbal se desbloqueara y quedara asociado con lo visible.

Luego de tres meses volví a proponer una actividad de escritura. Esta vez tenían que dirigir una carta a sí mismas (sin ficción), desde el presente hacia el futuro. El desafío era enviarse un mensaje para cuando terminaran la carrera, dentro de tres años. La primera reacción en algunos casos fue el miedo a releerla en el futuro y un temor por convivir con su presencia. Entonces, pactamos varios aspectos: la carta permanecería en un sobre, tendría un tiempo de transformación (cuatro clases), no podría releerse ni modificarse fuera de ese espacio y ellas decidirían cómo compartirla. Las cartas-objeto fueron poblándose de colores, de plumas y brillantina, de poesía, de estilos personales. Por último, se realizó una instalación permanente en el aula –siempre con sobre cerrado– donde las cartas cobraron vida.

La escritura, asociada con lo yoico, expresaba un defensa y también un temor al vacío. Ante el caos de no saber, lograron incorporar recursos que ampliaron sus posibilidades expresivas y la forma de integrar lo que es dicho, es escrito, es sujetado. Además, el capital simbólico que significó identificar el inicio de un rol deseado (alumnas potencialmente arteterapeutas) les permitió vehiculizar la relación entre pasado (“no sé escribir”, “nunca me animé a hacerlo”), el presente (escribo-y-me-muevo) y el futuro (el deseo de finalizar una carrera). El intervenir el material durante varias clases puso en valor el dinamismo de la creación a partir de la relación entre el contenido (la carta) y su continente (el sobre); entre lo presente (el sobre) y la falta (el futuro contenido en la carta).

Las situaciones de vacío y perplejidad resultan sumamente simbólicas para los procesos subjetivos en los que cada una pudo verse implicada. El imaginar anhelos, sueños y miedos a través de los objetos-carta las enfrentó de manera indirecta con experiencias aprendidas: el temor a la mirada externa, el miedo a la pérdida, la dificultad de separación, la incertidumbre, el deber ser, etc.

Soltar: un acto de entrega

Por último, Héctor Fiorini nos permite dilucidar la cuestión del vacío en el arte, al vincularlo con el caos planteado entre lo dado y lo no dado. Para que no sea una experiencia aberrante sino creativa, es necesario concebir la desestabilización como un puente transitorio hacia una nueva realidad. Como describe el autor, el caos puede entenderse como una nada aniquiladora si es pensado desde la dicotomía occidental. En Oriente, en cambio, esas nociones se interpenetran y sostienen entre sí: “en el trabajo creador, caos no equivale a nada” (Fiorini, 2006, p. 28). Desde una perspectiva integral, el contacto con el vacío es un momento necesario para la creación. Como afirma el Tao, “el saber es ilusión, el no-saber es estupor” (Nachmanovitch, 1991, p. 223). Cuando el proceso es borroso, el impulso creativo insiste en buscar su forma y se vale de recursos impensados. Se trata de un acto de entrega hacia la obra y de la obra al cosmos. Allí cuando culmina el proceso, finalmente lo imposible se vuelve dado, y como todo acto dador, también supone realización y pérdida.

Si el dinamismo es claro, la creación será un devenir fructífero, un camino de preguntas desde donde volver a empezar, con recursos nuevos para atravesar el vacío venidero. Solo rige un principio dialéctico de repetición en la diferencia (Fiorini, 2006), entre un vacío y otro, entre una culminación y otra, incluso vacío y culminación pueden darse a la vez. Si bien no todas las faltas imprimen el mismo significado en los sujetos ni se desarrollan en el mismo contexto, se trata de elaborar ausencias a través de representaciones que las integren, evoquen y sublimen, real o simbólicamente. La ausencia es dinámica y representable, es decir, ocupa un lugar y puede ser un destino.

Como señala Jean Pierre Klein, la función del arteterapia es situarnos en un acontecer permanente porque, de forma contraria, el imaginario se paraliza, quedando atrapado en la repetición de una realidad vieja y sin salida. Integrar lo que nos aterroriza por medio de la mediación artística en un “proceso de simbolización liberadora” (Klein, 2006, p. 61). En términos artísticos y terapéuticos, el vacío invita al movimiento. Por último, una obra de arte se erige como tal cuando podemos separarnos de ella y dejar que el Otro ingrese, al ver allí, lo que pueda ver. Crear implica soltar, y como tal, es un acto de entrega hacia los otros y el mundo.

Bibliografía

Castrillejo, M. (20 de junio de 2005). Llenos de nada. Página 12. Recuperado de: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-52446-2005-06-20.html

Colina, C. (2018). El enigma del vacío. Filosofía y culturas en diálogo, 27, 99-105. Recuperado de: http://www.konvergencias.net/carloscolina27.pdf

Fiorini, H. (2006). El psiquismo creador. Teoría y clínica de procesos terciarios. Buenos Aires: Nueva Visión.

Fromm, E. (2009). El miedo a la libertad. Buenos Aires: Paidós.

Klein, J. P. (2006). Arteterapia. Una introducción. Barcelona: Octaedro.

Nachmanovitch, S. (1991). Free play. La improvisación en la vida y en el arte. Buenos Aires: Editorial Planeta.

Sartre, J. P. (s.f.). El ser y la nada. Recuperado de: https://elartedepreguntar.files.wordpress.com/2009/06/sartre-jean-paul-el-ser-y-la-nada.pdf

 


[1] En sánscrito, es el estado de conciencia que se alcanza durante la meditación cuando el sujeto siente que está comenzando a fundirse con el universo, en un sentimiento de plenitud.

[2] Centro de Estudios Interdisciplinarios para el Aprendizaje y la Comunicación.


* Licenciada y Doctoranda en Letras (UCA-CONICET). Docente en Arteterapia (CEIAC). Instructora en Arteterapia (ISSO-UBA). Formación bioenergética (IASE).

Cómo citar este artículo:

Alcala, V. (2019). El vacío como posibilidad de creación. Arteterapia. Proceso Creativo y Transformación, 2 (4). Recuperado de: https://arteterapiarevista.ar/el-vacio-como-posibilidad-de-creacion/